En 1980, hace veinte y ocho años, El Salvador irrumpió en una sangrienta guerra civil. Habían masacres y muertos por todos lados, incluso niños, ancianos, y mujeres. Francisco Acosta, ahora mi esposo, a quien familiarmente le llamamos Paco, había conocido a Mons. Oscar Arnulfo Romero, mientras era seminarista en un seminario Católico.
Después, a la edad de 20 años, Francisco estaba trabajando en la Fundación Salvadoreña de Vivienda Mínima (FUNDASAL) donde trabajo por 11 anos organizando a personas de bajos recursos quienes vivían en casas de cartón en las zonas marginales de las principales ciudades de El Salvador. Juntos, construian casas por el sistema de ayuda mutua. Por ese entonces, Monseñor Oscar Romero, Arzobispo de San Salvador, empezaba a hablar como la voz de los sin voz. Mons. Romero exigía un fin a la violencia y la opresión contra los pobres. El día 24 de Maro de 1980, mientras Mons. Romero celebraba una misa en la capilla del Hospital La Divina Providencia-- lo mataron de un solo disparo en el corazón.
Unas semanas antes el Arzobispo había estado recibiendo amenazas de muerte, por eso en su homilía dominical, una semana antes de su asesinato, el expreso: "Si me matan resucitare en el pueblo salvadoreno." El día del magnicidio de Mons. Romero, Paco estaba recibiendo clases en la Universidad Centroamericana Jose Simeón Canas (UCA). En pocos minutos la universidad se quedo vacía, mientras que el país y el mundo quedo consternado. Mucha gente en El Salvador, dijo <<chis>> si le pueden matar al Arzobispo, que me pasará a mi? Ese fue el inicio de la guerra civil que duro 12 años, periodo en el cual pasaron cosas inimaginables. Los cadáveres aparecían en las calles donde uno tenía que pasar para llegar al trabajo.
El siguiente día del asesinato una enorme multitud de gente se presentó frente a la catedral de San Salvador para darle el último adiós al Arzobispo. Ese día yo estaba de visita en casa de mis papas en el estado de Pensylvania en los Estados Unidos, mientras estudiaba en la universidad en Ohio. Encendí la televisión, vi las noticias y no podía creer lo que pasaba en el país más pequeño de America Latina; más aun, no me di cuenta que en esa multitud frente la Catedral de San Salvador estaba Paco con quien iba a contraer matrimonio cinco años después y que a través de el también me comprometería en la lucha por la justicia social en ese país.
Una semana despues del asesinato de Mons. Romero le buscaban a Paco para matarlo, y el tenía que dormir en las fincas de café alrededor de de la ciudad Santa Tecla, todo por haber estado ayudando a los pobres. (Construía casas para los pobres -- ¡como si eso fuera un crimen!). Paco salió al exilio a México, después a Canadá y a los Estados Unidos. En México y en Canadá decidió hacer gestiones y hacer lo que pudo para buscar una solución al conflicto armado en su país. Hablaba con gente de iglesias, sindicatos, parlamentarios y organismos de base para organizar una respuesta constructiva a la guerra.
Finalmente Paco llegó a Washington, convencido que había que hablar con la gente en las estructuras de poder, los cuales estaban brindando apoyo político y financiando la guerra en Centro América. El Presidente de Estados Unidos de entonces, Ronald Reagan, cuya administración veía los movimientos sociales y políticos en Centro América como un problema entre el este y el oeste, decidió hacer todo lo posible para apoyar a los gobiernos de la región, para evitar que los pueblos de esos países los derrocaran.
Francisco Acosta aprendió por la ruta dura como funcionaban los sistemas de poder en la capital del poder en el mundo. Después de viajar por 42 estados de la Unión Americana, hablando con la gran prensa, con grupos de paz, sindicatos, iglesias, grupos de solidaridad y pronto llego a los oídos de algunos congresistas de buena fe, tanto demócratas como republicanos. Paco – sin temor – entraba a sus oficinas a platicar con los congresistas en El Capitolio para darles su versión de lo que pasaba en El Salvador.
Al final de cuentas, cuando ambos lados en El Salvador y también el pueblo de los Estados Unidos, estaban hartos de la guerra buscaban a Francisco como puente para sentar a las partes en conflicto. Sabían que el podía arreglarles las conecciones y las condiciones para hablar de la posibilidad de negociar la guerra. Efectivamente sirvió como mediador secreto para facilitar las platicas antes de las platicas entre los actores principales. Una vez las condiciones se dieron se paso todo el proceso a Las Naciones Unidas.
En 1992, cuando se firmaron los acuerdos de paz en El Salvador bajo el patrocinio de las Naciones Unidas, Francisco sabía que había contribuido con un grano de arroz a una resolución del conflicto a una de las más sangrientas guerras civiles de este continente donde Francisco perdió alrededor de 84 familiares de la familia nuclear y ampliada, y muchos otros salieron para 17 países del mundo. La mayoría de ellos vivian alrededor del extinguido Volcán de Guazapa.
En el momento que conoci a Francisco, estudiaba mi maestría en la Universidad de Pennsylvania. Después de mi maestría, comencé a trabajar como maestra ensenando inglés como segundo idioma a inmigrantes principalmente procedentes de Centro América. Trabajaba en las escuelas públicas de Washington, DC, donde llegaban todos los días miles de niños y jóvenes de América Central, escapando de las guerras. Algunos llegando solos, sin familiares, cruzando la frontera entre México y los Estados Unidos en el baúl de carros, buscando escaparse de la violencia que les atormentaba en esos países. Yo veía todos los días en el aula de clase las caras de los sobrevivientes humanos de una guerra despiadada, y eso me destrozaba mi alma.
En 1990, antes de la firma de los acuerdos de paz, Francisco me dijo: ¡Vamos para El Salvador a establecer una universidad ! El sabía que pronto se iba a terminar la guerra y que se necesitaba una ruta para garantizar la paz duradera en el país. También recordaba las palabras de Monseñor Romero antes de su muerte. La idea fue establecer una universidad para los hijos de familias viviendo en pobreza – y así crear un monumento viviente a Mons. Oscar Arnulfo Romero, como una forma de que resucite en el pueblo de El Salvador.
Yo le dije: "¿Estás loco o qué? ¿Que sabemos nosotros de crear una nueva universidad?" Lo cierto es que un buen día de 1990 nos fuimos para El Salvador con nuestras dos hijas de uno y de tres años de edad. Bueno, fuimos y lo hicimos. Lo demás es otra historia nada facil y la seguire describiendo despues.
Continuara esta historia no contada…